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«High-Rise», del brutalismo y la demencia

Mucha gente está preocupada porque el individuo ha dejado de tener importancia. Parece tener importancia solo si es miembro de un grupo mayor.

margaret thatcher

La voz de Margaret Thatcher cierra con sus reflexiones sobre el capitalismo la película High-Rise (Ben Wheatley, 2015), y si su voz siguiera hablando cuando los créditos la acallan, nos regalaría estas palabras que, a pesar de no aparecer directamente en la cinta, encajan a la perfección con la situación que en ella le toca vivir al doctor Robert Laing.

La historia de la película y del libro homónimo de J.G.Ballard, sigue de cerca a Laing, al mudarse a un rascacielos de cuarenta plantas en el que pretende vivir una nueva vida tranquila. Pero lo que encuentra entre sus muros de hormigón es una sociedad al borde del colapso, un edificio que se revela como mucho más que un simple bloque de pisos, para mostrarse como una pequeña ciudad autosuficiente que proporciona a sus habitantes todo lo que necesitan.

Comprar una vivienda en el rascacielos implica recibir con ella un manual de uso que nos guía en el cuidado del hogar, y que también nos orienta por los distintos servicios del inmueble: se dispone de gimnasio, de escuela infantil, supermercado…toda suerte de servicios que garanticen la vida diaria de sus inquilinos y que dan identidad a cada una de sus plantas.

Pero el rascacielos de High-Rise no tarda en mostrar sus grietas y fallos (y no de sus materiales precisamente), cuando los tira y afloja que derivan de la diferencia de recursos entre los habitantes de las plantas superiores y los de las inferiores se van dejando ver. Estos conflictos de los que Laing comienza siendo un mero espectador, acabarán desembocando en un seguido de imágenes de locura en las que el protagonista se verá metido de lleno.

Nos encontramos ante una película con dos partes muy diferenciadas, la primera dada al surrealismo, y una segunda de locura hipnótica; pero ambas cuentan con una estética años 70 muy bien conseguida, gracias a la labor de producción de Mark Tildesley (28 Days later), que, sin embargo, acabará destrozada y arrasada por la fauna en la que se convertirán los habitantes del inmueble.

¿Puede un edificio afectar a la forma en la que se vive hasta el punto de alterarla? Sabemos que los espacios tienen una relación directa en quienes los experimentamos, y en este caso, estamos hablando de un pequeño organismo más que de un edificio, que está tan presente en la vida de sus inquilinos que sus únicas referencias del mundo exterior son los vehículos aparcados en la vasta superficie de su alrededor, y el puesto de trabajo del protagonista.

El edificio de High-Rise es un proyecto desanexado de la ciudad; lo único que los habitantes necesitan del exterior es ir a trabajar, como si vivieran en una prisión que los vigila constantemente, y la influencia de las paredes que los rodean cobrara vital importancia. Ante esta presión y la sensación de estar estancados en sus viviendas y problemas, los inquilinos, pudiendo dejar esa sociedad o dejarse atrapar por ella, optan por denigrarse buscando fiestas, drogas y sexo como la única salida de sus vacías vidas propiciando su propia destrucción amparados por esos muros que les atan.

Pero High-Rise no busca culpar al edificio físico de la degradación de sus habitantes, no es el brutalismo el causante de los males de su población, sino el edificio como organismo vivo que, buscando la autosuficiencia, acaba por destruir las vidas de sus habitantes en su fallido intento de mantenerse a flote.

Parte de esta responsabilidad también recae en Anthony Royal, el arquitecto detrás del rascacielos, que, desde su vivienda en el ático, rodeado de jardines y los mayores lujos de toda la finca, sigue proyectando los edificios del plan urbano en el que se encuentra el rascacielos. Le conocemos de la mano de Laing, cuando el arquitecto lo hace llamar para descubrir más sobre el nuevo habitante de su obra, y gracias a esta relación del protagonista con el artífice de esa sociedad, se nos muestra que el papel de Royal es el del paradigma del Star-System: una figura distante, que se siente cómoda en el poder, y que dista mucho de preocuparse por los usuarios de sus edificios.

Es, tal vez, el mayor responsable de la locura en High-Rise, al establecer con espacios físicos las barreras que sus residentes no pueden salvar, y los límites de las clases sociales de esa sociedad que acaba por devorarlo, al igual que los arquitectos encumbrados en el Star-System son una figura agotada para nuestra sociedad y dejan de tener cabida en nuestro entorno.

Pero volviendo a Laing y a los mensajes que podemos rescatar de la locura que las imágenes nos proporcionan, podemos ver en el protagonista la pérdida de individualidad que preocupaba a la señora Thatcher y que acaba por demostrarse cierta. Cuando los intentos de Laing por unificar a las diferentes clases del edificio fracasan, revelándose como un reflejo fallido del mediador que Maria de Metropolis reclamaba (Fritz Lang, 1927), no le queda otra que formar parte de la demencia e integrarse de la única manera que las paredes de hormigón de High-Rise toleran: perdiendo la cabeza.


Este artículo se publicó originalmente en el blog del Festival Internacional de Cine y Arquitectura – FICARQ

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Germán Valle
A pesar de que soy arquitecto desde 2015 y estoy empeñado en ayudar a construir, creo que más allá de la rigidez de nuestro mundo laboral hay lugar para los arquitectos al otro lado de la pantalla, donde podemos aportar nuestra visión y conocimientos al equipo creativo de los mundos que visitamos en la ficción.

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